En 1924, Bangkok no era ya la misma ciudad que habían conocido los viajeros europeos un siglo antes. Lejos quedaba la capital amurallada del siglo XIX, con sus canales serpenteantes, sus mercados flotantes y el predominio absoluto de la tradición. A comienzos del siglo XX, bajo el reinado de Rama V y, después, de Rama VI, la ciudad había comenzado a transformarse en un escenario híbrido: un espacio en el que los palacios inspirados en Versalles se erguían junto a templos budistas milenarios, y en el que las avenidas rectilíneas de estilo europeo convivían con los estrechos callejones de Sampeng, el corazón del barrio chino.

El motor de este cambio fue el deseo de Siam de presentarse como un país moderno ante los ojos de Occidente. A finales del siglo XIX, las potencias coloniales miraban con ambición hacia el Sudeste Asiático. Mientras Birmania había caído en manos británicas y Camboya bajo dominio francés, Siam debía demostrar que podía “civilizarse” sin necesidad de un tutor extranjero. Fue en ese contexto cuando el urbanismo se convirtió en una poderosa herramienta política.

El ejemplo más visible de esta modernización fue la apertura de Ratchadamnoen Avenue, concebida como un eje monumental que conectaba el Palacio Real con el nuevo Dusit Park, la residencia de Rama V inspirada en los palacios europeos. Los mapas de principios de siglo muestran con claridad cómo esta avenida cortaba la trama tradicional de la ciudad y creaba un escenario ceremonial, pensado tanto para los súbditos siameses como para los diplomáticos extranjeros. Era, en definitiva, una declaración de modernidad hecha piedra y asfalto.

Al mismo tiempo, en la zona antigua de la ciudad, el trazado de canales seguía marcando la vida cotidiana. Las casas de madera sobre pilotes, los templos budistas y los mercados flotantes recordaban que la modernización no borraba de un plumazo siglos de costumbres. Bangkok en 1924 era, por tanto, una ciudad de contrastes: el lugar donde un noble podía asistir a un banquete en un palacio neoclásico al anochecer y, al día siguiente, cruzar en barca un canal para visitar un templo en ruinas o negociar con un comerciante chino en Sampeng.

Esa tensión entre lo viejo y lo nuevo no era solo estética: reflejaba un choque de identidades. Por un lado, la corte impulsaba el ideal del siwilai, un concepto que traducía la idea de “civilización” y que legitimaba reformas en la educación, la arquitectura y la política. Por otro, amplios sectores de la población seguían aferrados a formas de vida tradicionales, resistiéndose a una modernidad que parecía diseñada para complacer a los europeos más que para responder a sus propias necesidades.

En este escenario, Bangkok se convierte en un personaje más de la historia: una ciudad donde cada calle, cada palacio y cada mercado cuenta algo sobre la lucha de Siam por sobrevivir entre la tradición y la modernidad. Y es precisamente este telón de fondo el que da vida a «Bajo los cielos de Siam», mi próxima novela que sale a la venta el 9 de octubre. Allí, los protagonistas se mueven por avenidas luminosas y barrios sombríos, entre salones palaciegos y callejones de Sampeng, encarnando en sus propios destinos la dualidad de un país que buscaba, con urgencia, no desaparecer.

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