
¡Hola! Como sabéis, mi amor por la época victoriana me ha llevado a escribir varias novelas que transcurren en esos años, así que para ello suelo documentarme mucho. Como mis protagonistas son mujeres, hice una indagación profunda. Y este post es resultado de ello.
Primero, hay que distinguir que había varias clases sociales que os expliqué en esta entrada (Doble moral en la época victoriana)
Así que resumiendo, teníamos a las damas de la aristocracia, cuya vida llena de privilegios, también consistía como dice Lady Mary en Dowtown Abbey, en una sala de espera en la que aguardaban a que un marido las escogiera. Estas mujeres no solían trabajar pero su vida tampoco no era fácil y no tenían prácticamente derechos.

Pero luego, con la revolución industrial, que transformó el país y las ciudades, encontramos a las mujeres trabajadoras.
Muchas jóvenes emigraron de pueblos a ciudades en busca de trabajo a medida que disminuían las posibilidades de empleo agrícola.

La mayoría de los hogares necesariamente obtenían ingresos de varias fuentes, y muchas mujeres y jóvenes aumentaban sus salarios incluso si su empleo era generalmente más intermitente y peor pagado que el de los hombres adultos. A pesar de que el salario del sustentador masculino se consideraba cada vez más como el ideal e incluso la norma, en la práctica muchos hogares dependían de los ingresos de las mujeres, especialmente aquellos hogares dirigidos por viudas.
A medida que el boom de mediados de la época victoriana comenzó, la demanda de mano de obra femenina y juvenil se expandió, en particular donde las nuevas tecnologías o los patrones de trabajo fueron rechazados por hombres calificados. La mano de obra barata de mujeres e inmigrantes se usaba a menudo para socavar a los trabajadores varones, con todo lo que eso supuso, como cualificar trabajos de femeninos y a su vez, afirmar que había trabajos que no eran aptos para mujeres.
Y todo ello generó muchos problemas incluso a las sindicalistas (en la siguiente entrada os lo cuento)
La urbanización creó múltiples oportunidades para el empleo femenino a pesar de la regulación de las horas y las condiciones de trabajo para las mujeres y los jóvenes en ciertos sectores, y la llegada de la educación obligatoria después de 1871. Por lo tanto, la mayoría de las mujeres en la sociedad victoriana trabajaban. ¿Pero en qué ocupaciones y cómo?

Para empezar diré que no era nada fácil ser mujer en esa época.
Al principio, muchas mujeres se incorporaron al trabajo en pequeños talleres donde cosían o bordaban, pero luego acabaron por incorporarse a las grandes fábricas, donde no eran más que una pieza reemplazable.
Alguna de ellas encabezaron la lucha obrera. En otra entrada os hablaré más.
Pero viajemos a una ciudad como Londres en esos años. ¿De qué podía trabajar una mujer? Había muchos oficios.
Lavaplatos en hoteles, pubs y restaurantes. También desarrollaban trabajos manuales para hacer cajas de cerillas, acabando paraguas o poniendo seda a los sombreros. Algunas vendían flores en Covent Garden.
Por cierto, otro empleo era el de hacer cerillas y provocaba graves daños por exposición al fósforo (Artículo aquí)
Había algunas chicas adolescentes que competían con los muchachos para vender periódicos.
Y otras que hacían flores artificiales para la City y las casas señoriales del West End. Pero ¿sabíais que muchas de ellas morían envenenadas poco a poco por el arsénico que se usaba para que las hojas fueran verdes? Al parecer también hubo una moda de cubrir con cristal machacado las flores (como un frosting que asemejara nieve o hielo). Pues bien, las muchachas morían porque inhalaban partículas diminutas de cristal que destrozaban sus pulmones.
Por otra parte, el servicio doméstico de todo tipo fue el mayor empleador de mujeres como os podéis imaginar (el 40 por ciento de las ocupaciones femeninas declaradas en el censo de 1851 en ciudades provinciales y el 50 por ciento en Londres).

El negocio de la confección de ropa siempre ha empleado mujeres. Desde uniformes a pantalones, pasando por faldas. Todo esto, mal pagado, todos los días hasta que caía la noche y solo podían seguir trabajando alumbradas por velas.
Debido a que muchos sectores que emplearon un gran número de mujeres se concentraron en ciertas regiones del país (como en las industrias del algodón de Manchester y la lana del sur de Lancashire y West Yorkshire), las estadísticas de la participación de la fuerza laboral femenina variaron en todo el país.

¿Y qué sucedía cuando las damas de la aristocracia encargaban un fabuloso vestido en la modista?
Pues una auténtica barbaridad.
Pongámonos en situación. Una tienda maravillosa en Regent Street, en la que las damas se probaban vestidos. Había una jerarquía en el salón. Estaban las mujeres que trabajaban en el salón (5 ó 6) y el mismo número en las salas de trabajo. A estas últimas no se les pagaban porque eran aprendices.
Una modista iba a la casa de la consumidora a tomar medidas. Otra «primera mano» cortaba la pieza en la sala de trabajo, donde las aprendices esperaban las órdenes. Básicamente eran trabajos que se tenían que tener «para ayer» porque las damas de alta alcurnia no esperaban, así que era común que las aprendices no durmieran hasta acabarlo. Y eso que solo se dedicaban a los guantes y el cuerpo de la pieza.
¿Y la falda? Pues esa pieza se le entregaba a un niño pobre y harapiento que la llevaba a algún taller clandestino en un barrio deprimido, evitando que le roben el material, por supuesto. Y entonces, allí, varias mujeres, costureras muy pobres, elaboraban la pieza. Una más entre el resto de encargos, así que no dormían ni descansaban hasta que acababan. Luego, la falda ya cosida regresaba al salón, donde observaban que no tuviera gusanos o pulgas, algo común en los slums donde se hacinaban (como WhiteChapel en Londres o Angel Meadow en Manchester).
¿Y qué sucedió? Pues que una joven muchacha de 20 años, llamada Mary Ann Wakley, murió después de 26 horas sin parar de trabajar. Y eso supuso un escándalo. Su muerte condujo a la fundación de la «Asociación para la ayuda y beneficio de modistas y modistos» y eso produjo que los establecimientos donde se hacía ropa adoptaran un horario de 12 horas al día y se comprometieran a darle a las trabajadoras «períodos razonables para ejecutar los pedidos».
Y si os parece terrible para las mujeres, imaginaos las que acababan en la prostitución, que se supone que no existía ni se comentaba pero como he mencionado en el post de la DOBLE MORAL, en realidad, asolaba las calles y los barrios deprimidos. De hecho, según los pocos informes policiales que se conservan de esa época, entre 1841 y 1857, se contabilizaron unas 9409 prostitutas. Datos totalmente inexactos, como os podéis imaginar.
Y hasta aquí la primera parte del post sobre Mujeres Trabajadoras. En el próximo, otras profesiones de la época y lucha sindical.

Si os ha gustado, espero vuestros comentarios.